04 agosto, 2006

Clapton y los fantasmas del muro.


Ayer debió celebrarse el concierto de Eric Clapton en Moscú. Eric había estado en Moscú ya dos veces antes pero este concierto era especial. No, no se ha dicho en ningún medio y "Slowhand" no lo ha publicado en su página web pero, probablemente, esta sea la última gira del mítico bluesman y además era la actuación que la clausuraba.

La otra razón que le daba al concierto cierto toque de clase era el lugar de su celebración - la Plaza Roja. Y precisamente ahí Eric se ha encontrado con los viejos fantasmas de los héroes comunistas enterrados/emparedados en las murallas del Kremlin, encabezados por su lider, Vladimir Ilich Lenin.

Bueno, todo esto son excusas porque anteriormente ya se habían celebrado todo tipo de actividades lúdico-festivas en la plaza nº1 de Rusia a pesar de las protestas del colectivo comunista que, por otra parte, cada vez es menos numeroso y con un poder de presión menor. En la Plaza Roja habían actuado artistas con José Carreras, Paul MCartney y Roger Waters...

Clapton había apalabrado con las autoridades moscovitas el lugar del concierto y, según sus palabras, estaba entusiasmado ante la idea de actuar con la iglesia de San Basilio de fondo. No creo que tuviera el más mínimo interés en que saliera Putin del Kremlin y subiera al escenario a saludarle como hizo con MCartney, pero el marco de la Plaza Roja inspira a cualquiera y el guitarrista probablemente quería apuntarse este tanto.

Unos días antes del concierto, según fuentes del músico, las autoridades de la ciudad le denegaron la autorización para actuar en la Plaza Roja trasladando el concierto a otro lugar cercano. El Ayuntamiento de Moscú no se ha pronunciado sobre el hecho y Clapton solo ha dicho que "me he visto obligado a suspender el concierto por circunstancias ajenas a mi voluntad".

La verdadera razón por la que "Dios" no tocó para Moscú en este año del Señor del 2006 no la sabremos nunca. Puede que sea el orgullo y la envidia del Sir inglés, puede que sea capricho del consistorio moscovita o puede que sean las huestes espectrales de Lenin las que ahuyentaron al blues de la plaza roja porque no les gusta... ¿quién lo sabe?

El caso es que 20.000 seguidores de Eric Clapton nos hemos quedado sin verlo ni oírlo ( así como tampoco a sus teloneros "Robert Cray Band") y una asociación de minusválidos de Rusia se ha quedado sin la mitad de los fondos recaudados que estaban destinados para ellos...

Ayer en la Plaza Roja había gente a las siete de la tarde pero no había ningún escenario y no sonaban los acordes de "Layla", "Cocaine" ni "Wonderful Tonight"...

12 julio, 2006

La siesta de la razón (prescindible)

Alf tiene razón al decir que todo esto de las bitácoras no es mas que un autobombo, una ventanita democrática y pseudo-impersonal desde la cual exhibirse y, en cierto modo, venderse al mejor postor, sin “las desventajas del directo”.

Al igual que nuestro simpático extraterrestre, yo no tengo ninguna intención de intentar excluirme de la lista de exhibicionistas porque, a pesar de que hay niveles, todos pecamos de lo mismo: unos presumen de las cosas que han hecho y otros de cómo las han hecho; unos sitúan al yo por encima de todo y otros lo encubren con la impersonalidad y la perspectiva. Pero todos buscamos el hecho diferencial, todos buscamos que admiren nuestra excepcionalidad.

Y será porque, en el fondo, a mí no me gusta ser del todo consciente del estar en el escenario, pero, últimamente, me está empezando a dar un poco de vergüenza escribir estos textos. Bueno, quizás no sea vergüenza y sea decepción, pero tanto da. Y no porque todos seamos iguales (no es resentimiento), sino porque somos todos excepcionales y ya no quedan facetas escondidas que pulir, resaltar o hacer brillar. Las experiencias se repiten, las alegrías suelen ser comunes y las penas están ya la mayoría tipificadas.
Repetición.

Quizá el estilo, quizá la forma de contar...¿le importa a alguien esto? ¿le importa a alguien algo? No sé, no creo... además de que la forma de contar depende del estado de ánimo, de lo que lleva uno dentro en un momentos determinado y no de la maestría que uno demuestre juntando letras. El estilo, la planta, la pose, la figura, son cosas de las que no es demasiado elegante presumir porque sin un trasfondo no dicen nada. Están ahí y basta. Surgen, crecen, se muestran, se demuestran, se vierten... como las uñas, como el pelo.

Y es que en esta vida todo hay que tomárselo de una forma más natural y menos dramática. Mi “penúltima” visita a la necrópolis de personalidades de la vida cultural y política de Rusia del siglo XVIII que hay en el territorio de la Lavra (catedral) de Alexander Nevsky en San Petersburgo me hizo reflexionar sobre ello. Esta es, en fondo, una reflexión millones de veces hecha y miles de veces expresada con brillantez a largo de la historia sobre la futilidad de la vida humana y sobre las tribulaciones de los hombres.

Paseando entre tumbas de prohombres y mujeres de la época. Caí en la cuenta de que no conocía a casi nadie, ni yo ni mis acompañantes rusos. Alguno de los difuntos ha quedado como eco en algún manual de historia. Un par de excepciones, como Mijaíl Lomonosov, han sobrevivido y la gente se acuerda de ellos, pero el paso del tiempo los deshumanizará y los convertirá en mitos, en figuras irreales muy alejadas de su esencia humana y de los hombres y mujeres que fueron.

En fin, que el que quiera desarrollar esto de los blogs o bitácoras y dedicarse al strip-tease intelectual pues que lo haga. Lo importante es mantenerse ocupadito el mayor tiempo posible. Y ¿quién sabe? Igual la terapia surge efecto y con las pastillitas se va por fin la depresión de tantos años y con ella este estilo viscoso y somnoliento de resina de pino medioseca; y estas pajas mentales plasmadas en papel que algunos pierden su tiempo en leer.
Así, os dejaré en paz para siempre.

15 junio, 2006

El Colapso

Este fin de semana lo pasé fuera de la ciudad, en el campo, a orillas del Volga, en un lugar muy bonito con una naturaleza de exuberante verdor. El tiempo bueno aunque cambiante, el hotel flojo y la comida mala. Lo de siempre en estos casos de salida de fin de semana a la provincia rusa.

Con el paso del tiempo, Moscú va cambiando, en general para bien aunque, lamentablemente, los cambios en Rusia parece que solo se circunscriben a esta megapólis con forma de pulpo, dejando todo lo demás anclado en su herrumbre secular. De eso te das cuenta en seguida, en el mismo momento que intentas salir de la ciudad, al atravesar la puerta de acceso a cualquiera de sus estaciones de tren .

El caos, el polvo, la mugre y la resignación de ropa vieja se pueden ver ya en las taquillas de los trenes de cercanía. Nada ha cambiado en los últimos quince años - ¡Dios, quince años ya..!- Los mismos enormes vagones destartalados de bancos de madera y puertas corredizas. En en fondo no son feos. Muchos de ellos son de fabricación reciente pero lucen vetustos y parecen sacados de un museo, de otra época, de otra dimensión que chirría al contacto con esta. Son vagones de estética "sixty soviet" pasados por el tamiz de la desidia y la dejadez. Mal pintados, con las puertas atrancadas y los cristales eternamente sucios. Y todos llenos a reventar, con todos los bancos ocupados, con los pasillos abarrotados y la gente embutida entre bultos y botes de cerveza matinal. Gente triste, de mirada perdida, esperanza olvidada y ademán violento.

Estas escenas, este tipo de escenas al principio resultan chocantes, después - irritantes, posteriormente pasan a la categoría de comedia forzada y terminan por convertirse en algo triste, gris plomizo, como un dolor sordo que te corroe el alma.

Y sin embargo, después de un regreso realizado en autobús por probar otras vías de transporte, se llega a la conclusión de que el viaje en tren es solo un purgatorio. Moscú también ha cambiado para mal en espacio. Esta ciudad se ha hecho pequeña, está saturada hasta más no poder. Es una urbe planificada para no más de cuatro o cinco millones de habitantes que, actualmente soporta oficialmente a unos once, pero que en realidad debe pasar de los quince.

De planta radial, medieval, con lo valioso en el centro y con unos accesos tortuosos para dificultar la entrada del invasor, la capital de Rusia es una ciudad monstruosa y centro de peregrinaje en la que todo ruso quiere vivir, como colofón sus ambiciones de progreso y de bonanza, lejos del estancamiento y la desesperación de sus madrigueras. Otra instantánea del tercer mundo, como Rio de Janeiro o Mumbai.

Y lo que dificulta la entrada, dificulta la salida y dificulta el movimiento. La circulación en Moscú no es difícil, ni caótica. Esta colapsada. Las horas punta cada vez son más. Por las calles solo se puede circular con cierta fluidez de madrugada. Desplazarse en coche en esta ciudad es garantía de llegar tarde, desesperarse en el camino y tragar gases a mansalva, por mucho que el coche sea un Lexus o un Land Cruiser siempre se comparte el asfalto con los zhigulí o los Izh nacionales - generosos surtidores de monóxido de carbono, plomo y otras delícias de la combustión de la adulterada gasolína del país.

Nuestro viaje sirve como ejemplo de lo atribulado de la circulación. La ida en tren nos costó dos horas y el regreso en autobús – tres; con la salvedad de que salimos del centro de la ciudad y volvimos al extrarradio de la misma en la mañana de un día festivo.

Semáforos, atascos, adelantamientos espeluznantes por las cunetas, atolladeros en cada pueblo... en seguida se evapora el poso de paz acumulado a orillas del Volga.

Yo he tenido en esta ciudad dos coches pero me deshice de ellos, por distintas razones. El automóvil en esta ciudad es un lujo de utilidad cierta, pero puntual. Caro y enfadado, una fuente de estrés, problemas y malas vibraciones.

Y en esta vida perder el tiempo en vano es criminal...